Título original: Le concert. Dirección: Radu Mihaileanu. Países: Francia,Italia, Rumanía y Bélgica. Año: 2009. Duración: 119 min. Género: Comedia,musical. Interpretación: Alexei Guskov (Andrei), Mélanie Laurent (Anne-Marie), Dimitri Nazarov (Sacha), Valeri Barinov (Iván), Miou-Miou (Guylène), François Berléand (Olivier), Anna Kamenkova (Irina), Lionel Abelanski.Guión: Radu Mihaileanu; con la colaboración de Matthew Robbins y Alain-Michael Blanc; basado en un argumento de Héctor Cabello Reyes y Thierry Degrandi. Producción:Alain Attal. Música: Armand Amar. Fotografía: Laurent Dailland. Montaje: Ludovic Troch.Diseño de producción: Christian Niculescu y Stanislas Reydellet. Vestuario: Viorica Petrovici y Maira Ramedhan Lévy. Distribuidora: Vértigo Films. Estreno en Francia: 4 Noviembre 2009. Estreno en España: 12 Marzo 2010.
Sinopsis
En la época de Brezhnev, Andrei Filipov era el mejor director de orquesta de la Unión Soviética y dirigía la célebre Orquesta del Bolshoi. Pero en plena gloria, tras renunciar a separarse de sus músicos judíos, entre los que estaba su mejor amigo Sacha, fue despedido. Treinta años después, sigue trabajando en el Bolshoi, pero ahora… como limpiador. Una noche que Andrei se queda hasta tarde sacando brillo al despacho del jefe, encuentra un fax dirigido a la dirección del Bolshoi: se trata de una carta del Teatro de Châtelet invitando a la orquesta oficial a que vaya a dar un concierto a París. De repente, a Andrei se le ocurre una idea loca: ¿por qué no reunir a sus antiguos compañeros músicos, que viven de hacer trabajillos y chapuzas, y llevarlos a París, haciéndoles pasar por el Bolshoi? La tan esperada ocasión de tomarse la revancha por fin ha llegado.Crítica
Una comedia que viaja de la decadencia de la Unión Soviética al esplendor de la Ciudad de la Luz en busca de la perfección musical. Simpática, emocionante en su eclosión, celebra la pureza del arte de manera sincera y necesaria.
Hace treinta años, Andrei Filipov (Alexei Guskov) fue expulsado de su cargo de director de la famosa y prestigiosísima Orquesta del Bolshoi; desde entonces, malvive limpiando las instalaciones que antes regía con orgullo. Pero cuando intercepta un fax del Teatro Châtelet parisino, una segunda oportunidad aparece ante él… Desde los parámetros de una divertida comedia de trama imposible, Radu Mihaileanu se sirve de “El concierto” para plasmar con intencional efectividad un viaje desde la progresivamente decadente Unión Soviética de Brezhnev hasta la Rusia contemporánea, en la que el ideal comunista subsiste trágicamente disfrazado en mitines de contenido caduco exortados con nostálgica pasión ante palcos ajenos a su discurso. Y de ahí, a la Ciudad de la Luz, un París de apariencia esplendorosa pero de poso también apurado en los tiempos que corren, salvando las distancias. Entre medias, un montón de historias individuales. Y por encima, por debajo, entrelazando y dominándolo todo, la pureza del Concierto para Violín de Tchaikovsky. Casi nada.

Con un ritmo veloz, rayano en lo estresante en ocasiones, la película invita al espectador a unirse a una destartalada troupé de pícaros y tarambanas que, sin motivo aparente más allá del lucro personal y la búsqueda de más favorables hados, se enfrenta a un sistema que les dio su mejor oportunidad para luego arrebatárselo todo por una triste cuestión de semitismo extremado. Imposturas positivas, adaptación a las nuevas circunstancias, el triunfo del individuo sobre la colectividad ─aunque es ésta necesaria para la supervivencia armónica─ y el abandono de quimeras, no obtusas pero si pretéritas, se alzan como temáticas materializadas en un reparto amplio y perfectamente conjuntado; una pandilla incontrolable e infinitamente libre por fin ─judíos, gitanos, desahuciados todos ellos por un régimen absurdamente intolerante─ que permite al cineasta dar rienda suelta a una narración que, en su dinamismo, oculta la gran tragedia que impulsa la temeridad de Filipov (fantástico Alexei Guskov), capaz de abandonarlo todo por cumplir un sueño compartido y prometido décadas atrás.

Si bien es cierto que una ineludible sensación de irrealidad empapa el conjunto, la firmeza con la que la historia avanza sin trompicones se vuelca sobre el público, que asiste a un crescendo permanente en el que hilaridad y profundidad conviven, con resultados tragicómicos, desde el mismo momento en el que rusos y franceses comienzan a cohabitar e intercambiar impresiones ─una y mil veces hay que recomendar la versión original del film─, delimitando una línea muy difusa entre lo que será un desastre o un triunfo absoluto. Con sobrada conciencia maneja Mihaileanu los hilos para no perder el rumbo y enfilar un clímax en el que la emoción estalla en los hermosos y delicados rasgos de una soberbia Mélanie Laurent, que seduce los sentidos y las fibras sensibles de una audiencia que, a ambos lados de la pantalla, comparte unos momentos de vibrante e intemporal perfección musical y ensoñación cinematográfica; en esos instantes el observador pasa a ser uno más de la orquesta, y comparte con ellos ese ímpetu poético que les hace tener los pies en el suelo pero la cabeza en el cielo. Y eso es decir mucho.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada